La decadencia del coito (Continuación)
Sigmund Freud, al principio del siglo XX, preocupado por estos cambios,
pensaba que la vida sexual del ser civilizado estaba gravemente
lesionada y que parecía ser una función en estado de involución,
tal como sucedía con el vigor de los dientes y de los cabellos.
Y así lo escribía en “La moral sexual cultural
y la nerviosidad moderna”, en un mensaje que hoy podría
considerarse desmesurado:
“…
otras partes del cuerpo de mujeres y varones asumen el
papel de los genitales y estas prácticas no pueden juzgarse inofensivas;
son éticamente reprobables, pues así los vínculos
de amor entre dos humanos dejan de ser un asunto serio y se los
rebaja a la condición de un cómodo juego sin riesgos
ni participación anímica”.
Pero, hablando del amor, debe recordarse que fue también
una mujer Diotima, en “El Banquete”, la que,
de manera casi maternal, le dictó a Platón por boca
de Sócrates la esencia espiritual de la pasión; fue
aquella matrona, maestra de filósofos, la que proveyó el “daímon”,
es decir, la síntesis espiritual sobre la que reposa el
destino del amor en Occidente.
La cópula
Es uno de los hechos más fantásticos, sencillos y
menos estudiados. A tal punto que, en la Argentina, los más
importantes diccionarios de fisiología humana han llegado
a no registrar la palabra “orgasmo”. Al respecto, en
un breve repaso, puede recordarse que Bill Masters y Gine Johnson
fueron, en los Estados Unidos, algunos de los que empezaron a estudiar ‘in
situ’al coito”.
Continuadores de Alfred Kinsey, resultaron ser ellos quienes llevaron
las relaciones sexuales humanas al laboratorio, cosa que a nadie
se le había ocurrido: antes se habían tomado radiografías
durante la digestión o se había estudiado el contenido
de azúcar en la orina, pero ellos se atrevieron a estudiar
los genitales de varones y mujeres durante la excitación
sexual.
En sólo diez años, observaron, midieron y cartografiaron
unos 14.000 actos sexuales en un laboratorio preparado para tal
fin. Crearon, por ejemplo, un instrumento de plástico transparente,
en forma de pene, que contenía una luz y una minúscula
cámara, y que permitió observar, por primera vez,
lo que ocurre en el interior de la vagina durante una penetración.
Y entonces demostraron, o creyeron hacerlo, que las mujeres pueden
gozar del sexo tanto como los hombres, afirmación que, cinco
siglos antes de Cristo, ya había emitido Sófocles
por boca de Tiresias, sin recurrir a maquinaria alguna para estudiar
el orgasmo.
El señalamiento de Master y Johnson sobre la sensibilidad
del tercio externo de la vagina contribuyó, sin duda, a
cuestionar la supremacía del gran pene erecto. Porque si
la sensibilidad femenina estaba a flor de piel, para qué iba
a ser necesario penetrar hasta el lugar menos sensible.
Este dúo de sufragistas coitales, además, se caracterizó por
un formidable sentido del humor. Cuando les preguntaron sobre qué valor
le otorgaban al tamaño del pene, respondieron “que
el conejo salga de la galera, depende de la habilidad del mago
y no del tamaño de la varita”.
Frases como esta, provocaron otras más fuertes en los años
70. Érica Jong, en “Miedo de volar”, escribió: “Hay
algo más acerbo que una mujer liberada frente a
un pene fláccido, el último defensor del sexo, abatido; el
pene convertido en cabeza atómica que se destruye a sí mismo”.
De todas maneras, y mujer al fin, la novelista, al referirse a
una actitud cariñosa de su compañero, escribió más
adelante una frase que en cierta forma invalidó la anterior: “Su
pene fláccido había penetrado muy profundo, donde
con el miembro erecto jamás habría llegado”.
La importancia orgásmica del tercio externo de la vagina
vino a destruir otros dos mitos:
1.º) Que las mujeres se masturben introduciendo en sus genitales cualquier objeto.
2.º) Que
las lesbianas precisen penes artificiales para sus relaciones sexuales (lo último que puede querer una lesbiana
de su compañera es un pene; lo que puede desear de ella, justamente y por el contrario,
es ese aura, esa conducta llamada feminidad).
Pero así como en 1953 el Informe Kinsey había asegurado
que para la mayoría de las mujeres el contacto oral genital
era anormal y perverso, treinta años después, la
encuesta de Sandra Kahn, sobre una población similar, proclamaba
que las actividades preferidas por muchas norteamericanas eran
el “cunnilingus” y (aunque no se concretase) el deseo
de participar en una trisomía (relación sexual entre
una mujer y dos varones).
En cuanto a los argentinos y sus variables sexuales, una encuesta
realizada por quien escribe (“Argentina: país hiv”,
Galerna, 1995) a propósito del sida, permitió consultar
en forma personal o grupal, voluntariamente y en privado, a 3.000
personas de todo el país. En aquel trabajo, 1.035
entrevistados (722 varones y 313 mujeres) admitieron que
se masturbaban en forma
habitual y 532 (363 varones y 169 mujeres) dijeron que practicaban
asiduamente el coito anal.
Otra muestra, realizada a principios de los 90 con la licenciada María Luisa Lerer, relevando a cien mujeres que contestaban
voluntariamente y en privado, indicó que 70% se masturbaba habitualmente, tuviese o no
una pareja masculina y estable. Una
minoría también reconoció que solía
masturbarse durante la relación sexual con el varón.
Si bien un 13% de las mujeres decía no haber logrado nunca
un orgasmo, muchas otras que sí lo alcanzaban admitían
que podían sentirse bien en una relación sexual
sin orgasmo, siempre y cuando no fuera siempre así.
El goce
Es probable que Masters y Johnson, con sus experimentos localizados
en los genitales, hayan realimentado una vieja ilusión que
supone al cuerpo humano como hecho de piezas, pedazos o trozos
aislados (ficción reactualizada por la cirugía y
por ciertos transplantes). Ese criterio, como el de creer que el
pene o la vagina tienen una existencia autónoma, olvida
que una persona es más que la suma de sus órganos
y que ninguna maquinaria puede registrar la organización
de las fantasías que mueven al deseo y a la conducta sexual.
La sexualidad humana posee una connotación psíquica
que no tiene por qué coincidir con las terminaciones nerviosas.
Cualquiera que haya visto “Regreso sin gloria” recordará de
qué manera el protagonista, insensible de la cintura para
abajo, se satisface sexual y mutuamente con la mujer que desea.
Sucede que el cuerpo humano no es puramente anatómico, ni
innato ni se encuentra solamente determinado por la biología.
Al nacer las personas en un universo simbólico caracterizado
por el habla, están alterando de por sí lo que era
el orden instintivo y natural.
Contrariamente al hombre y al no estar bañados por el lenguaje,
los animales no conocen las perversiones: no hay gatos fetichistas ni perros voyeuristas. Podría uno suponer que también
las abejas tienen un lenguaje. Pero, al respecto, existe un chiste
del argentino Oscar Masotta: “¿Han visto, alguna vez,
a una abeja que haga un chiste y envíe a sus compañeras
en dirección equivocada?”.
En este punto, conviene separar dos cuestiones. Una cosa es el
placer y la otra, el goce. Lo primero, como en el caso de comer
o beber, puede relacionarse con algo bien somático y real.
Pero el goce, por el contrario, se consuma con objetos imaginarios y en relaciones fantasmagóricas: el bebé que goza
al chuparse un dedo, seguramente, mientras lo hace, está activando
una huella mnémica que lo remite al pezón materno,
tibio y nutricio.
La angustia que, luego de hacerlo, suele embargar a quienes se
masturban, más que con el acto en sí tiene que ver,
justamente, con lo que han tenido que imaginar para concretarlo.
Sigmund Freud afirmaba que, en una relación sexual
entre dos, siempre hay por lo menos cuatro personas.
El deseo sexual en la gente no es un instinto ni una necesidad:
nacido de una tensión y guiado por la fantasía, tiene
a la trasgresión como ley interna y a lo imaginario como
promotor infatigable. Perseguido por la cultura, despreciado por
la medicina oficial y estigmatizado por la religión, el
deseo se liga a las personas como la llama a la antorcha, y aunque
las consuma, le otorga a cada una su propio resplandor.
Para el psicoanálisis, más que identidad sexual,
lo que existe en los “sujetos” (“sujetados” a
la palabra) es una disposición perversa (perversión:
desviación de la función instintiva).
La palabra perversión no implica un adjetivo moral y designa
una figura psicológica. Sólo que adquirió un
tono agresivo al popularizar demasiado rápido lo que no
era más que un concepto estrictamente técnico.
La humanidad no ha perdonado a Sigmund Freud, por ejemplo, que
calificara a los bebés como “perversos polimorfos” (“polimorfo”:
que puede adquirir distintas formas sin perder la original). Lo
que el psicoanalista había querido decir es que un niño
cuenta con tantas posibilidades como zonas capaces de proporcionarle placer. Pero, en verdad, sólo quiso mencionar una virtud
o, mejor dicho, una virtualidad de todo niño.
Hay muchas conductas eróticas que pueden llamarse perversas.
Dentro de la sexualidad, existe una serie de actos que son denominados
placeres preliminares: fellatio, “cunnilingus”, masturbación
o goce del orificio anal. Estas acciones contribuirían a
que las personas se exciten para llegar, finalmente, a la descarga
genital. Pero, en el caso de la perversión, en vez de ser
fases preliminares, se instalan como objetivos finales.
Jacques Lacan, el Freud francés, ha dicho que el deseo sexual
humano es “un collage surrealista”, algo así como
esas obras de arte que contienen cosas insólitas y alejadas
entre sí (para definir al surrealismo suele recurrirse a
una frase de Lautreamont: “Bello como el encuentro fortuito
entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa
de disección”).
Todas esas variantes, en vez de patologías, configuran la
sexualidad. Entonces, si la sexualidad humana está compuesta
de una manera tan múltiple, no puede esperarse que el lenguaje,
con sus limitaciones, pueda entregarnos una palabra que la defina.
Del amor
Para el psicoanálisis, en una relación entre dos
personas, siempre hay algo del amor y algo del sexo. Pero, para
que algo del amor pueda sobrevivir, algo del sexo debe quedar inhibido.
Y esto, como una ley matemática, se expresa de la siguiente
manera: “Cuando en el campo del sexo se avanza más
allá del goce imaginado, suele retrocederse en el campo
del amor. Y cuando cae el amor y se exacerba lo prohibido, una
relación puede volverse insoportable”.
El interrogante es cuál resulta ser el límite y cuándo
un goce sexual es “demasiado”. Y la respuesta, entonces,
puede ser tan precisa como la pregunta: “El síntoma de que se están sobrepasando los límites, es la angustia.
Cuando la excitación se relaciona con la angustia, aparece
el límite”.
En “El arte de amar”, Erich Fromm escribió que
si el amor erótico no es la vez fraterno, jamás conducirá a
la unión, salvo en un sentido transitorio. Para Fromm, la
sexología respondía a la ilusión generalizada
de una época que suponía que, el uso de técnicas
adecuadas, resulta ser la solución no sólo de los
problemas industriales, sino también de los humanos. El
estudio profundo de los problemas demostraba, para Fromm, que la
causa no radicaba en la falta de técnicas sexuales, sino
en las inhibiciones que impedían amar.
En 1980, cuando Fromm fallecía en Suiza, otro médico
alemán, también de la Escuela de Frankfurt (donde
también enseñaron Theodor Adorno, Max Orkheimer y
Herbert Marcuse), asumía la dirección del Instituto
de Ciencias de la Sexualidad de Frankfurt.
Aquel nuevo director era Volkmar Sigusch, que, recientemente y
tras hacer un resumen de sus años de investigación
en la casa de estudios, dijo que en los años 70 recibía
a un promedio de 150 mujeres por día que se quejaban de
anorgasmia. “Diez años más tarde —agregó—,
empezaron a visitarme los hombres sin ganas (‘lustlose Männer’),
es decir, sin deseo sexual alguno. Y en los 90 llegaron los ‘asexuellen’,
mujeres y varones sin sensibilidad sexual”.
En el 2000, finalmente, se presentaron al instituto los que Sigusch
llama “Objektophilen” (objetófilos), personas
que sólo aman objetos muertos (edificios, autos, barcos,
etcétera).
Para Volkmar Sigusch, en Alemania no es un tabú ser homosexual
ni vivir en una comunidad (con sexo entre todos) ni masturbarse
o practicar sexo anal: “Todos pueden tener tanto sexo como
quieran y en la forma que quieran”, escribe. Y agrega: “Pero
experimentamos una falta de deseo muy grande. Y hay muchas personas
que se encuentran terriblemente solas; se han acostumbrado a comprarlo
todo y creen que pueden comprar también el sexo, como si
fuera un producto más”.
Sigmund Freud había lanzado una predicción que viene
a coincidir con las palabras de Sigusch: “Tal vez habría
que familiarizarse con la idea de que conciliar las pulsiones sexuales
con las exigencias de la civilización resulta imposible,
y de que el renunciamiento, así como en un futuro, la amenaza
de ver extinguirse al género humano a causa del desarrollo
de la civilización, no pueden evitarse”.
Pero hay que aclarar que, además de la oposición
entre cultura y sexualidad, Freud consideraba que si los humanos
pudieran superar ese antagonismo y satisfacer su goce, desde ese
momento nada podría desviarlos de él.
Reencontrados con el goce, dejarían cualquier otra actividad
y sólo se dedicarían a gozar.
Muera el cuerpo
Todos los cambios planetarios son acompañados por enfermedades
de transmisión sexual. Si la conquista
española llevó la
sífilis al Nuevo Mundo, la globalización actual contribuyó a
diseminar el sida: los primeros muertos pertenecieron a los Estados
Unidos y a África, tardíos beneficiario y víctima
del tráfico de esclavos.
Pero la globalización presente viene empujada por uno de
los cambios mayores de la historia, es decir, el paso de una cultura
escrita a otra electrónica. Si los llamados sexólogos abandonaran los supuestos consejos coitales con los que intentan
beneficiarse y estudiaran seriamente los modos de comunicación,
la humanidad vería la íntima relación que
existe entre la sexualidad y el lenguaje.
La aparición del lenguaje hablado (hecho paralelo al del
coito frente a frente), hizo que la capacidad craneal rápidamente
creciera de 1.000 a 1.400 cm³. Antes de eso, la boca era para
masticar y defender la comida. El fenómeno verbal cambió la
laringe, transformó la forma de la fila de dientes, creó los
diastemas, movilizó la lengua y llevó al beso.
El origen de las palabras explica la sexualidad, porque la lengua
suele preceder a las cosas: “venéreo” proviene
de venus y de veneno; “coito” llega de co-itum, es
decir, de la expresión “haber ido juntos”. Y
en cuanto a la sexualidad en sí, el filólogo Eric
Havelock, después de haber estudiado profundamente el habla
griega, descubrió que la relación amorosa
entre efebos y maestros tenía que ver con la transmisión de conocimientos
de generación en generación, típica de una
sociedad oral.
El “delito” de Sócrates, según Havelock,
fue proponer que esa educación se profesionalizara. Hoy,
la PC viene a proponer un cambio aún más profundo
que los provocados por la escritura y la imprenta. Sven Birkerts
(“Elegias a Gutenberg”) dice que, si la transición
del libro duró siglos, la electrónica no exigirá más
de cincuenta años y afectará los procesos cognitivos
y la velocidad de las redes neuronales. Otros van más lejos.
Hans Moravec, director del Robot Movie Lab de Carnegie-Mellon,
al referirse a un cerebro directa y solamente conectado a la PC,
ha dicho: “Y después de todo, para qué queremos
tener un maldito cuerpo”.
El movimiento llamado extrópico (en oposición a entropía:
pérdida de energía en los sistemas cerrados), a través
de su líder Max More, propone la criopreservación del cerebro volcando la memoria a un CD: “No es necesario,
como en el caso de Walt Disney —dice More— una congelación
integral, si congelas tu cabeza, también salvarás
tu culo”.
Cambios de sexo a través de la informática, drogas
de diseño, nanotecnología, velocidad de escape, uso
de tejidos fetales para remendar el cuerpo, suicidio asistido,
madres de alquiler, son algunas de las propuestas extrópicas.
Concretamente, y si alguna vez lo hizo, la sexualidad ya no convoca
a los genitales de la mujer y del varón como propuesta central.
Refiriéndose a la sexualidad virtual, la filósofa
argentina Esther Díaz ha encontrado una buena manera de
definirla a través de un mito clásico. Es sabido
que Ulises, ante el canto de las sirenas, decidió escucharlas,
pero atado al mástil, para tentarse y gozar, no para implicarse.
El Ulises de hoy, mujer o varón, hace lo mismo: se excita
amarrado a su PC, pero, temeroso, ya no permite que su cuerpo se
involucre con el del otro.
Estímulos que producen
excitación sexual
La excitación sexual es la respuesta mental
y física del cuerpo ante estímulos eróticos.
Los estímulos capaces de lograr excitación
sexual pueden llegar a través de la vista, el tacto. el oído,
el gusto o el olfato, pero también pueden ser de carácter
emocional o mental. Continuar lectura
Prepara la Velada Perfecta
Erotiza tu Mente
Sabiendo que nuestra mente es el mayor afrodisíaco, ¿por
qué no
aprovecharnos de esto para obtener una velada
inolvidable?
Para una ocasión especial, un preparativo especial. Es muy
importante y divertido hacer ciertos preparativos para agradar a nuestra pareja,
además rompe la monotonía que en algunos casos asfixia a las parejas.
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¿Por qué a muchas mujeres les
gusta tener relaciones con hombres casados?
¿Por qué una mujer soltera o por qué no comprometida
o casada iniciaría la cacería de un hombre que ella sabe está casado
o en pareja con otra mujer? La respuesta es sencilla: este fenómeno
se produce porque, en la naturaleza humana, la comida que está en el
plato ajeno siempre se ve (y a veces también sabe) mejor que la del
plato propio.
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La fantasía
del strip tease
Por Nitya Lacroix
Se ha dicho, que dentro de cada mujer hay una nudista intentando salir.
No todas las mujeres estarán de acuerdo, pero es cierto que,
incluso entre las más reservadas, la idea de hacer un strip-tease
puede tener un cierto atractivo. Incluso puede servir de material para
una fantasía sexual. Continuar lectura
En
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todo aquel suplemento que induce a la lujuria carnal.
Entonces un afrodisíaco es una
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Su nombre hace referencia a Afrodita, la diosa griega del
amor, que surgió de la espuma del mar cuando el dios
Cronos mató y castró a su padre, arrojando sus
genitales al océano. Continuar
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Secretos
para enloquecer a un hombre
Al igual que las mujeres, los
hombres también tienen zonas en la cuales son más
sensibles ante un estimulo sexual, estas
son las llamadas zonas erógenas masculinas,
describiré la manera de estimular dichas zonas de la
manera más adecuada, sigue
estos pasos
Ejercicios de Kegel
¿Qué son
los ejercicios de Kegel?
Los ejercicios de Kegel consisten
en contraer y relajar la zona muscular del piso pélvico,
con el fin de fortalecer los músculos de la zona genital.
Estos ejercicios, ... Continuar lectura
La
capacidad de fantasear en las parejas
La capacidad de fantasear
de la pareja es un indicador de la creatividad, y de la
flexibilidad de la pareja, así mismo de la confianza
entre ambos.
Para tener una sexualidad plena y duradera las parejas tienen un gran aliado “Las
Fantasias”, las fantasías son necesarias y además ... Continuar
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¿ Es
posible ser fiel en estos tiempos?
Hará cosa de 100 años, Alejandro
Dumas, el famoso escritor, señalo: Las cadenas del matrimonio
son tan pesadas que toma a lo menos dos personas para llevarlas...
a veces tres... Continuar lectura
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