¿Burro de oro” o
visionario de ciudad?
¿Quién
fue Coroliano Amador? Un burro de oro de mentalidad
raquítica, para la familia de su esposa que no entendía
tanto derroche; para la historia, el visionario que empujó a
Medellín hacia el progreso, hacia el siglo XX, el rico que creó riqueza
y cimentó cultura. Carlos Coroliano Amador Fernández
vivió a caballo entre dos siglos, entre 1835 y 1919. Lo bautizaron
Coriolano, como un patricio y general romano del siglo V antes de Cristo,
que inmortalizara Shakespeare en un drama y Beethoven en una obertura. El
primer automóvil de Medellín y sus múltiples
innovaciones y adelantos, son su profesión de fe en el progreso
humano.

Del diálogo con el antropólogo antioqueño Víctor Ortiz sobre su tesis “Tras las huellas de Coroliano Amador y la construcción de imaginarios de progreso en la ciudad de Medellín”, en proceso de ser laureada, sale esta crónica. “Amador materializa la imagen de progreso de los medellinenses, que abrimos caminos y vencimos la selva, para ser los mejores ciudadanos del país, concepto que data de la mitad del siglo XIX”, señala el autor.
Tempranamente manifestó su afán de lucro. Se destacó como administrador y accionista principal de la Sociedad Minera de El Zancudo y Sabaletas, de la Sociedad Minera de Los Chorros, de las que construyeron el puente de Jericó sobre el río Cauca (Puente iglesias) y la plaza de mercado cubierta de Guayaquil, y de la Empresa Colombiana del Telégrafo Eléctrico.
Emprendió la construcción de la vía carreteable de Santa Elena, que comunicó a Medellín con Rionegro, y, la de diferentes acueductos y alcantarillados de Medellín. Realizó negocios de urbanización y comercio de artículos importados. Montó haciendas cafeteras, trilladoras de café y cereales, una de las primeras fábricas de chocolate de Medellín, un banco, una ladrillera, además de otras haciendas ganaderas en Jericó y Cartago. Amador se inscribe, pues, dentro de un patrón de máxima diversificación económica, común a la mayoría de los negociantes del país en el siglo XIX. Pasó del nivel agrícola, ganadero y minero al industrial, mostrando una actitud positiva frente a la mecanización y la tecnificación. Fruto de su tendencia asociativa fue su apoyo con capital a muchos proyectos considerados "descabellados" en su época. Amador incursiona en la minería como nunca antes se había hecho en el país, aun conociendo los posibles riesgos.
Pensó en grande en lo relacionado con inversiones, herramientas, maquinarias, administración, trabajo y técnica. Esto favoreció el desarrollo de la capacidad inventiva de otros empresarios y, operarios. En las empresas de minería de veta, sentó por primera vez las bases de una administración sistemática y de una inversión racionalizada en pro del máximo rendimiento financiero.
La Mina El Zancudo
Coroliano Amador recibió la Mina
El Zancudo en Titiribí, en la dote de su esposa,
doña Lorenza Uribe Álvarez del Pino,
hija única del dos veces presidente del Estado Soberano
de Antioquia, José María Uribe Restrepo:
86% era de ella. Las mujeres hasta muy entrado el siglo XIX no
podían celebrar vínculo comercial alguno y requerían
un albacea para manejar sus capitales. Se casan, él, rico
importante de Medellín; ella, rica heredera de
lo que hoy son El Poblado, Sabaneta y Envigado,
y sobrina del médico y científico Manuel
Uribe Ángel.
Coroliano heredó una fortuna de su padre Sebastián Amador, dueño de una casa importadora de mercancías en Cartagena, casi tan grande como la Aduana Nacional, según tesis del gerente del Banco de la República en esa ciudad, y quien vendía al menudeo todo lo que los barcos traían: lámparas, tapetes, gobelinos, obras de arte, lana, cobijas, especies, semillas, etc.
Con sus 7 hijos, encontró en Medellín una forma más fácil de hacer dinero: la vocación agrícola y sobre todo minera del centro del país. El auge del oro en Antioquia y en Marmato (Caldas) se da al mismo tiempo que en el viejo oeste norteamericano.
Un rico peculiar
Coroliano tipificó una
clase peculiar de rico, distinto de su contemporáneo José María “Pepe” Sierra,
el rico austero, ahorrador. Coroliano fue el
rico bien vestido, el rico de automóvil,
muy distinto de los Vásquez, los Jaramillo, los Wills, etc.,
que ya tenían mucho dinero en Medellín. Coroliano nunca
conoció la pobreza, murió a los 86 años en
el palacio de su único hijo varón, José María
Amador Uribe (quien moriría de forma prematura), en
la Playa con la actual Avenida Oriental; sí la conocieron los
Echavarría,
los Restrepo y Pepe Sierra, de Girardota, quien en sonado juego jurídico,
desheredó a sus hermanos y se volvió el hombre más
rico del siglo XX en Colombia, rico porque no permitía a su
esposa gastarse un peso mal gastado.
Coroliano hizo 9 viajes a Europa, posible récord para un suramericano de su tiempo, cuando un viaje de Medellín a Bruselas o París tomaba ocho meses. Fue cliente por lo general de la Línea Estrella Blanca (White Star Line) a partir de Nueva York, que años después construiría el Titanic. Pepe Sierra explotó las rentas de licores más ricas: las de Antioquia, Atlántico, Valle y Cundinamarca, y sostuvo las finanzas de los presidentes Carlos E. Restrepo, Pedro Nel Ospina y de Rafael Reyes. Coroliano creyó en la empresa, Pepe Sierra no, sólo tuvo una fábrica de hielo y de resto, tierra suburbana, pues “la tierra no se pudre”, decía. Coroliano hizo la primera nacionalización de la raza Holstein en Colombia e introdujo semillas de cacao, de café, de pastos, el primer automóvil, el fonógrafo, el cinematógrafo, las alfombras de Aubusson, las porcelanas de Sévres, los muebles Chippendale y los muebles Tonet, que hoy están en la memoria fotográfica de la ciudad.
También trajo un personaje desconocido aquí: el ingeniero. Carl Greiffenstein, alemán, abonó terrenos e hizo estudios estructurales y de intervención. Y quien realmente hizo rico a Coroliano Amador fue el ingeniero inglés Tyrrell Moore: él trajo las ruedas Pelton, los sulfuros, las separaciones por magnetos, inició la Sociedad Minera de El Zancudo, la tecnificó, y en vetas como La Lorenza, produjo oro de 23.7 quilates, impresionantemente puro. También le apostó a la explotación de metales de desecho (plata, estaño, cobre, aleaciones) que Coroliano comercializó en el extranjero. El contador de la Sociedad Minera El Zancudo atestigua: cuando una familia de 3 a 5 integrantes, mercaba para una semana y media con dos o tres centavos y unos botines europeos de cuero en el mercado de Medellín costaban 80 centavos o un peso, y pocos tenían con qué, Coroliano Amador le sacó a la Sociedad para irse en 1875, al matrimonio de su hija Magdalena en una catedral de París, con esposa, hijos, nietos, yernos y servidumbre, en estancia larga, con bauleros y cocheros, unos dos millones de pesos, suma fabulosa en ese momento.

El Banco Emisor del Estado Soberano de Antioquia vio inundado el mercado de Medellín con oro que literalmente rompía bolsillos y desordenaba las finanzas de la ciudad y del Estado. Por ello recomendó a Coroliano que El Zancudo tuviese billete propio. Al ponerse orden en las finanzas nacionales, los billetes de El Zancudo fueron quemados públicamente en la Plaza Mayor de Berrío.
Cine, telégrafo y regalo principesco
En el Teatro Bolívar, que construyó con Pedro Uribe Restrepo, a fines de 1899 regaló a la ciudad el cinematógrafo de Edison. En una película de Lumiére de 3 o 4 minutos, con brincos y luz tenue, los espectadores corrieron despavoridos cuando se les vino encima una locomotora. Similar al origen del cinematógrafo en París o Londres, irrumpía la magia del cine en una capital aislada del mundo como Medellín. Coroliano introdujo también el primer telégrafo, en ese momento un adelanto más militar y estratégico que comunicacional, para comunicar a Medellín con Rionegro.
Estando en España en 1886, Amador ofreció un tributo a la familia real por el nacimiento del rey heredero Alfonso Décimo, abuelo del rey actual Juan Carlos y fue recibido a comer en el palacio real de Madrid. Detrás de eso estaba el regalo: una sopera de trece kilos de oro, de la Mina El Zancudo. Algunos aseguran que está en la sala de platería del Museo del Prado. Se dice también que Amador compró en Europa el título de Marqués de Miraflores, de la Casa Borbón.
La herencia de Coriolano
Víctor Ortiz señala sobre Coroliano: Él dijo que tenía más enemigos que amigos y que los amigos cercanos lo querían por su dinero y por las fiestas; también se reconoció como hombre infiel, de ideas políticas liberales sin filiación concreta. Aunque anticlerical, no faltaba a misa, era como pagar palco en el teatro, asociado a la visibilidad social y al poder de endeudamiento, cuando valía la palabra empeñada. Su esposa Lorenza, quien trajo de Europa los primeros perros ornamentales, hizo grandes donaciones a la Iglesia: joyas, tierras, la torre de la Iglesia de San José en Medellín, la Capilla de La Candelaria en Sabaletas (municipio de Montebello). La misa era también parte del mercado matrimonial para sus bien educadas, ricas y casaderas hijas, la presa más buscada dentro de la olla”.
Y concluye: “Coroliano hizo
de las buenas maneras, del buen gusto, del uso de cubiertos, de la
hora del té, del caminar por la derecha, normas de vida. Hablaba
francés e inglés, era matemático, y
tenía altos conocimientos de derecho de minas,
cuando la legislación era aún muy incipiente. Coroliano Amador jalonó un
salto de lo rural a lo urbano. Vio que Medellín podía
convertirse en capital cultural, que las buenas maneras en la mesa
y en la calle, el respeto por el otro y por su palabra, el empezar
a creer que las mujeres podían tener educación, eran
pasos importantes. Sus avances arquitectónicos son
muchos, como tecnificar a Guayaquil, secar lagunas y convertirlo
en un barrio comercial: ahora una calle nos evoca su nombre. Pero
no sólo la historia de Coriolano sino las historias de nuestros
abuelos y las historias de ciudad se están perdiendo, están
amenazadas. La memoria real de Coroliano Amador está afectada
por fábulas, mentiras, verdades a medias y desconocimientos”.
Así pues, Coroliano Amador
fue algo más que un burro de oro de mentalidad raquítica”.
Vida palaciega
El arquitecto italiano Felipe Crosti, cuyos planos para la Catedral Metropolitana rechazó la Curia por exagerados, fue contratado por Coriolano, mientras el francés Charles Émile Carré rediseñaba la Basílica. Amador dijo a Crosti: Diséñeme un palacio como los que yo conozco en Europa, y él le construyó una casa que por primera vez veían los habitantes de Medellín -cuando lo más alto de la ciudad eran las torres de la Iglesia La Candelaria-, en el crucero de Palacé con Ayacucho, tres niveles, malacate para subir y bajar alimentos, ropas y otras cosas, puertas talladas de madera con la precisión de joyas, gran reja de hierro forjado por donde la gente veía los cisnes negros que nadaban en lagos con bombas para subir el agua a fuentes estilizadas, lámparas de Baccarat de París, escalera monumental de mármol de Carrara, vitrales de Bélgica donde Coriolano hizo retratar a todos los miembros de su familia, habitaciones separadas, salón de cámara por piso diseñado para orquesta, salón de baile, de protocolo, alfombras árabes y de Aubusson, muebles de maderas aromáticas, salón de té y salón de brandy. A su hijo José María le hizo contra-reloj, como regalo de boda, un palacio similar donde hoy están los edificios Vicente Uribe Rendón y Cámara de Comercio de Medellín (La Playa con Avenida Oriental), neoclásico como los palacetes de Champs Elysées, que más tarde sería el Palacio Arzobispal. Igual magnificencia tuvieron las casas de Coriolano en Santa Fe de Antioquia, Cartagena, Mompox, Bogotá, Jamaica, Nueva York, Amberes, Brujas, Schaerbeek, tres en Bruselas y el famoso palacio de París.
De la Hacienda Miraflores y su Puerta Inglesa -similar a la del Palacio de Buckingham-, donde festejó al pintor Francisco Antonio Cano al ganar la beca de estudio para París y donde Carlos E. Restrepo alzó el mantel de una mesa para ver los enanitos que cantaban en un extraño aparato (el fonógrafo de Edison), sólo quedan los muros blancos de una casa donde hasta hace poco Regina Once recetó sus pócimas.
Cuando murió, en 1919, su fortuna quedó dividida entre numerosas hijas y yernos; uno de ellos, César Piedrahita, siguió administrando y acrecentando algunas empresas, en especial las agrícolas. Los experimentos empresariales y fabriles de Amador sirvieron a numerosos ingenieros de la Escuela de Minas de Medellín, técnicos y trabajadores, como taller de práctica en el interesante y novedoso manejo de la industrialización del país en la segunda década de este siglo.
El primer carro
El primer automóvil de Medellín se estrenó el 19 de octubre de 1899, un último modelo rojo de la casa francesa Dion Bouton, para 3 personas (en Medellín decían que era para cinco: tres encima y dos empujando) y acaso alcanzaría 25 kilómetros por hora, de combustión por gasolina e iniciación con manivela, arranque por cadenas que lo movía a jalones y se varaba a trechos. Ese domingo a la salida de la misa de 12, la gente corrió, los caballos se desbocaron y el cura echó bendiciones, cuando Coriolano pasó frente a la iglesia de La Candelaria en el coche conducido por un chofer francés de apellido Tissnés, quien importó el carro con 7 galones de combustible. Horas después estalló en Medellín la Guerra de los Mil Días y entonces la gente dijo: El caballo del Demonio trajo la guerra.
Fuente:
Hernando Guzmán Paniagua - Periodista
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