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“La casa de Resfa”
Por: Alejandro Garcia Gomez
Una mañana, ante el atraso menstrual, el sueño y los mareos disimulados, ella debió admitir que esperaba su primer hijo. Eran los días de la crisis gringo-soviética a causa de los misiles nucleares en la Cuba de Castro; nada importante para ella. Cuando se lo comunicó al hombre que había amado, vio su espalda antes de que desapareciera. Tomó las responsabilidades de madre de 16 años y empezó a criarlo.
Pasados 7, se enamoró de otro hombre. Para poder vivir con él, el poetica de 7 años fue a dar a la casa de su abuela Resfa.
Ella, que también se había embarazado joven y soltera de la melliza madre del poetica, lo tomó y con amor lo matriculó al muy estricto Colegio de los HH de La Salle de Campoamor de Medellín.
Para la sazón ya era propietaria del burdel más famoso junto con el de su amiga Marta Pintuco- de esta ciudad. Allí creció el poetica entre las vocales, las consonantes, la Gramática, la Aritmética, la misa y los rezos de lunes a viernes, y el fin de semana la atención a los clientes trasnochados que le solicitaban mandados de pollo asado, consomé o alkaseltseres con aspirinas.
Una noche después de los acostumbrados tragos con César Herrera el poeta del barrio Santa María de Itagüí, con Lucho el zapatero poeta, con Carlos Galindo el ingeniero, con Péncil y con algunos de mis amigos que salían y entraban de la tienda-cantina de Oliverio allá en le barrio Santa María de Itagüí, me propuse conocer La Casa de Resfa, que quedaba cercana a una de las vías urbanas entre Itagüí y Medellín. Era tanto lo que mis amigos hablaban de ella que allí fueron a parar mis huesos sin avisarles. A los minutos llegaron en gallada; habían tenido la misma idea pero a esa hora me hacían descansando en mi casa. A la carcajada con ellos siguió el abrazo y después la noche.
Una tarde llegó el poética, ya hombre, al taller de aprendices de poetas que regentaba X-504. Con César, La Mona, Everardo y René lo invitamos a continuar la habitual tertulia sentados en las cajas de cerveza vacía de la legumbrería del barrio Carlos E. Restrepo, aledaño a la Biblioteca Piloto de Medellín. Allí comenzamos a conocer su poesía. A veces mordaz. A veces tierna. Humana siempre. Profunda siempre. Profundamente humana. Pero como la misma vida que junta, separa, no lo volvimos a ver más.
Otra noche, en la excelente Fiesta del libro de Medellín de este 2008, me lo topé. Era el mismo Carlos Mario Garcés Toro pero más lleno, más ancho. Quizá otro. Estás muy, casi demasiado repuesto, Carlos Mario. Qué va, casi me muero, Alejandro. Estoy convaleciente de unas cirugías.
Y entre palabra y palabra fue sacando su libro con olor a tinta aún y su periódico El gaviero.
Yo hice lo propio.
Esa misma noche empecé a hojear La casa de Resfa, por encima, como hace uno con los libros recién adquiridos. No pude soltarlo esa noche.
Debí terminarlo para poder acostarme. Si no, sabía que no lograría dormirme.
Todo es un solo gran poema. Es una humanidad. Es el mundo donde el carácter fuerte de doña Resfa se pasea por las miradas de Tambar el conductor, de Elena la boquechupo, de Mónica la bella, de Janeth la loca, de Diana la del pubis rubio, de Fabiola la coja, de El Brujo, que las disfrutaba gratis a todas. Pero cada personaje con su propio mundo. Incluso el alma del gato, de los muebles y de las palmeras de la entrada de la casa son la mirada de Resfa a través de la mirada del poeta, su nieto, hoy profesor de un colegio de secundaria de Medellín. Por algún lazo oculto de mi memoría, su lectura me hizo recordar a En la parte alta abajo, del poeta del barrio Castilla, Helí Ramírez, un libro que ya tiene su sitial en la historia de la poesía de Medellín y de Colombia, donde seguramente van a trasladar también
La casa de Resfa. Se consigue en el 311-3937714 y en la librería Al pie de la letra (Medellín).
Tres poemas de Carlos Mario Garcés Toro
Dirección de la casa
La casa estaba ubicada al sur de Medellín,
en la calle 8a, número 52-41,
entrando por el antiguo callejón
frente a la fábrica de detergentes Inextra.
Se distinguía por el balcón de azulejos blancos y negros,
y las dos palmas que sobrepasaban por encima del tejado.
Por eso la casa en un tiempo se llamó Las Palmitas.
Sólo después vino a llamarse La casa de Resfa.
Al subir las amplias escaleras
nos encontrábamos con una espaciosa sala bien amoblada,
con dominio de los tonos cálidos y acogedores.
En los divanes conversaban las parejas
bajo alegres lámparas circulares,
en las paredes exóticos gobelinos,
y pinturas de mujeres entre pavos irreales.
Cruzando el pasillo se distribuían
la segunda y tercera salas,
que daban acceso a catorce estancias.
Si se giraba a la derecha,
se encontraban dos habitaciones suplementarias con delgados tabiques.
Por disimulados orificios
se podía mirar a los que dejaban luces encendidas.
Al gordo Juancho le vimos follar:
tenía un culo grande y peludo,
que mecía como una batea.
Le gustaba poner a sus queridas
en la posición de monje.
El atractivo balcón exhibía a las muchachas,
que esperaban como en un puerto, el puerto de la noche,
a ver quién atracaba con sus distintas luces.
En un costado el despacho de la administración,
donde se seleccionaba la música
y las chicas entraban contoneándose,
con sus labios de brandy,
a pedir una canción, o pagar la tarifa.
Por esas escaleras vimos subir desde famosos políticos,
deportistas,
empresarios,
humoristas,
hasta curas y señoras extraviados en la noche.
* * *
Mónica la bella
Tuve la fuerza de la belleza que poco a poco fueron limando
el bar y las horas de trabajo.
Por mi atractiva figura pude elegir con quiénes iba a la cama.
Pero Fabio fue mi único amor.
Lo mataron con otros la noche que robaban en el almacén eléctrico
de Carabobo con Juanambú.
Durante largo tiempo me pareció verlo que llegaba en la noche,
vestido con su pantalón blanco (que tanto me gustaba),
su barba bien afeitada,
y entraba a la sala donde las muchachas esperábamos.
Ahora que estoy vieja y sola
(hijos no tuve),
acostumbro entrar en la tienda de licores
que queda detrás de la iglesia de La Veracruz,
donde las coquetas intentan atraer a los transeúntes
con sus caderas pálidas y sus ojeras de caballo.
Dibujo frente al espejo con el lápiz la raya de mis cejas y salgo a la calle.
La misma calle Boyacá
donde ya nadie me recuerda.
Tres cuadras abajo
hace más de cuarenta años yo era la reina.
Los amigos con los que me gustaría hablar ya están muertos.
* * *
Alfonso
Tenía apenas quince años.
No había conocido hembra,
hasta la noche en que Sandra entró a mi cuarto.
Dicen que cuando una mujer quiere algo, obra
y no hay barranca, cielo raso o muro que la detenga.
Las mujeres siempre están hilvanando
con el hilo, con el ojo húmedo de su aguja.
Si la historia se mirara desde un lecho
se comprenderían mejor las grandes hazañas y derrotas.
Mi derrota fue haber amado a Sandra,
que me contagió la sífilis.
Por inexperiencia y vergüenza guardé silencio,
pudriéndome y quedando casi ciego y estéril.
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Ultima Charla con Rivero
Óscar Domínguez G.
En principio, la conversación por radio entre Mario Rivero, quien acaba de morir en olor de poesía, fue para hablar de su revista Golpe de Dados, con su entrevistador y amigo, Bernardino (Bernardo) Hoyos. Al fin y al cabo, 35 años de una revista de poesía es noticia mundial.
Pronto la charla derivó hacia Marta Pintuco, las mellizas Arias, Ana Molina, y otras mujeres de vida horizontal que alborotaron el mundo del entretenimiento en el medellinense barrio Lovaina de hace varias décadas.
En ese croché, empezaron hablando del Rivero que escribía sobre pintores como Fernando Botero y Alejandro Obregón. Pero se conseguía más plata cargando el palio que haciendo autorizada crítica que ni siquiera agradecían los artistas, quienes en una mañana pintaban cuadros que después vendían en 20 millones de pesos. Pero de poesía y crítica literaria no vive el hombre.
De Obregón escribió que es el pintor más completo que ha dado el país. Y sobre Botero “hice el primer libro sobre él en el mundo. Es un análisis morfológico de su obra. Fernando lo tiene en gran estima”, comentó el hiperbólico poeta en la entrevista a través de la Emisora de la Tadeo (106.9 FM). Es más, tuvo algunos cuadros originales de su paisano pero los fue vendiendo.
Finalmente, el envigadeño Rivero – apellido tomado del cantante de tango Mario Rivero; su apellido original es Castaño- se dedicó a los poemas urbanos en su casa del viejo barrio de La Candelaria, donde durante 40 años alimentó canarios y lidió con una artritis “en el cuerpo, no en la cabeza. A la edad de uno es un milagro estar parado”.
Durante la charla, Hoyos creyó ver en alguna obra del pintor Botero un gato de loza, encaramado en una cama. No hubo acuerdo sobre lo fundamental: si el gato ronroneaba en la casa de Marta Pintuco (calle Lima contiguo al Ventiadero, según el lovainólogo mayor, el cantante Jaime Hernández), o en la de las mellizas Arias. El gato guarda celosamente los secretos… No en vano, dos de ellos viven con el Papa Benedicto XVI.
Rivero apostó por el gato en casa de las Arias. Hoyos alegaba que el felino habitaba la casa de Marta Pintuco, con quien una vez se encontró en el aeropuerto de Londres. “Bernardino, ¿tú qué haces aquí?”, fue la pregunta de Marta quien le contó que andaba en el matrimonio de su hija con un inglés.
En el programa radial, Rivero dijo que Marta y sus amigas de oficio eran una maravilla. “Era una mujer de una autenticidad…. Además, tenía las piernas más espléndidas que haya dado Antioquia”. Hoyos adhirió a la descripción sobre esta Marlene Dietrich paisa que amó con todas sus aurículas y ventrículos al alemán Herbert Geithner, propietario del viejo café Metropol, en Junín, donde convivían armoniosamente los juegos del ajedrez y el billar.
Rivero, con la nostalgia alborotada, abundó en detalles: “ Marta era una gran dama. A esas señoras las llamaban putas en Medellín pero eran unas señoronas”.
“Así es”, avaló Bernardino quien contó que el ex ministro Iván Duque es partidario de que alguien escriba la historia de ese viejo Medellín que se divertía en casas de bombillo rojo a la entrada. La mitad más uno del país paisa masculino dejó allí su virginidad.
Según el gigantesco Rivero, algo así como una tractomula llena de poesía, “esas mujeres querían a los hombres. Los respetaban. Si uno les caía bien, le daban el desayuno con huevo. Le decían: ‘¿Cuando vuelve, mijo?’. ¡Y no le cobraban!”.
Hoyos le adicionó picante de Santa Rosa a la historia: “Fuera de eso, Mario, si uno de pronto tenía acceso a aretes bonitos, traídos del exterior (o blusas), pues uno hacía sus regalos de aretes, que era una regalo todavía más noble”.
La charla cayó luego en lo “prosaico”: el homenaje que se le rendía a Rivero en el teatro del Gimnasio Modero por la audacia de mantener viva e inmodificable durante 35 años, una revista cultural que tiene esta exclusividad: la mayor parte de los integrantes de su Comité de Dirección, están rigurosamente muertos. Ahora también lo está su director-fundador. Paz sobre sus poemas
Fuente: (Del libro 13 entrevistas a 13 poemas colombianos y una conversación imaginaria, de Robinson Quintero Ochoa, Fundación Domingo Atrasado)
El
Platón de Madera
Un señor de edad fué a vivir con
su hijo, su nuera y un niñito de cuatro años de edad.
Las manos del viejo ya estaban temblorosas, su vista empañada de cansancio
y sus pasos vacilantes.
La familia comía reunida en la mesa. Pero, las manos temblorosas y la vista falla del abuelo lo traicionaban a la hora de comer. Los granos rodaban
de su plato y caían al suelo. Cuando tomaba el vaso, la leche era derramada
en el mantel de la mesa. El hijo y la nuera se irritaban sin control, por el “ desastre ”.
- “ Debemos hacer algo respecto a papá ", dijo el hijo. “ Ya
es demasiada leche derramada, ruido de gente comiendo con la boca abierta y
comida tirada por el suelo ”.
Entonces, ellos decidieron colocar una pequeña mesa en un rincón
de la cocina. Allí, el abuelo comía solito, mientras el resto
de la familia tomaba sus alimentos en la mesa, con satisfacción.
Desde que el viejo quebrára uno o dos platos, su comida ahora era servida
en un platón de madera.
Cuando la familia miraba hacia el abuelo sentado allí solito, a veces él
tenía lágrimas en sus ojos. Aún así, las únicas
palabras que le decían eran reprimiendas ásperas cuando él
dejaba un cubierto o comida caer al suelo.
El pequeño de 4 años de edad veía todo en silencio. Una
noche, antes de cenar, el papá percibió que el pequeño
estaba en el suelo, manejando pedazos de madera.
É l preguntó delicadamente al pequeño :
“ Que estás haciendo ? "
El niño respondió dulcemente:
- “ Ah, estoy haciendo un platón para tí y otro para mamá para
que coman, cuando yo sea grande."
El menor de cuatro años de edad sonrió y siguió con su
tarea. Aquellas palabras tuvieron un impacto tan grande en los papás
que ellos enmudecieron. Entonces lágrimas comenzaron a escurrir de sus
ojos.
Aún cuando nadie habló nada, ambos sabían lo que debían
hacer. Aquella noche el papá tomó al abuelo de las manos y gentilmente
le condujo a la mesa de la familia.
De ahí en adelante y hasta el final de sus días él comió todas
las comidas con la familia.
Y por alguna razón, el marido y su esposa no se molestaban mas cuando
un cubierto caía, o leche era derramada sobre el mantel de la mesa.
De una forma positiva, aprendí que no importa lo que pase, o que tan
ruin parezca el día de hoy, la vida continúa, y mañana
será mejor.
Aprendí que se puede conocer bien a una persona, por la forma como ella
afronta tres cosas :un día lluvioso, un equipaje perdido y las series
de luces de un árbol de navidad que se enredan.
Aprendí que, no importa el tipo de relación que tengas con tus
padres, sentirás la falta de ellos cuando partan.
Aprendí que “ saber ganarse " la vida no es la misma cosa
que “ saber vivir ".
Aprendí que la vida a veces nos dá una segunda oportunidad.
Aprendí que vivir, no es solo recibir, es también dar.
Aprendí que si buscas la felicidad, para tí... ella te elude.
Pero, si concentras tu atención en la familia, los amigos, y en las
necesidades de los otros, en el trabajo y procuras hacer lo mejor, la felicidad
misma va a tu encuentro.
Aprendí que siempre que decido algo con el corazón abierto...
generalmente acierto.
Aprendí que cuando siento dolor, no es preciso ser un dolor para otros.
Aprendí que diariamente necesito acercarme y tocar a alguien. Las personas
gustan del contacto humano, tomar una mano, recibir un abrazo afectuoso, o
simplemente una palmada amigable en la espalda.
Aprendí que diariamente necesito acercarme y tocar a alguien. Las personas
gustan del contacto humano, tomar una mano, recibir un abrazo afectuoso, o
simplemente una palmada amigable en la espalda.
Aprendí que aún tengo mucho que aprender...
Las personas se pueden olvidar lo que tú les dices, pueden olvidar lo
que tú hayas hecho, ...
Pero nunca olvidarán como tú las hiciste sentir.
*
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