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Refrescando "Tiempos Aquellos...
"El Arte de “Juniniar”
Por: Álvaro Cadavid M.
De vez en cuando, y sólo por urgente necesidad, llego al centro de la ciudad y más especialmente a la zona de Junín entre La Playa y el Parque de Bolívar y no puedo dejar de añorar el Junín de mi época. Y esta añoranza no es solamente una cuestión de la transformación física que sufrió el entorno, sino el cambio social y cultural de lo que antes fuera una verdadera zona rosa para los “pipiolos”,“piernipeludos” o “cocacolos” de nuestra generación. Allí llegábamos todos los estudiantes de San José, San Ignacio , Calasanz, Marco Fidel o Pascual Bravo engominados con Glostora, Anzora o Lord Cheseline y olorosos a Pino Silvestre o a Vetíver y con nuestros bluyines Wrangler con pretina brillada con pomada Brasso y mocasines apaches o tenis Croydon blanqueados con Griffin, a pararnos como garzas en El Cardesco o en la puerta del exclusivísimo Club Unión, hoy un centro comercial más, a mirar y a suspirar por las uniformadas chicas de La Presentación , de La Enseñanza, de María Auxiliadora o del Marymount (con la falda por debajo de la rodilla) y a echarle piropos como: “parece que dieron vacaciones en el cielo porque se les voló un angelito”, o los más atrevidos: “ si como camina cocina, me le como hasta el pegao”.
Indudablemente que esa desvanecida conexión paisa quedó relegada al plano de los recuerdos, pues ahora lo que fue el Doña María donde íbamos a comer papitas a la francesa con Coca Cola se convirtió en un restaurante más, el teatro María Victoria en otro centro comercial, el extraordinario teatro Junín donde vimos las mejores zarzuelas españolas, a la declamadora argentina Bertha Zingermann, a la Orquesta típica Tokio, a Bill Halley y sus Cometas o a Campitos y sus Tres Reyes Vagos se volvió el inexpresivo edificio Coltejer, el Salón de billares y Academia de ajedrez Metropol, centro obligado de intelectuales y vagos de Medellín y de propiedad de don Harry Gainer, padre de Aura Cristina Gainer , es hoy una venta de artesanías y camisetas. El pasaje La Playa – Parque de Bolívar evolucionó en un completo mercado persa lleno de vendedores, donde lo pensable y lo impensable se enfrentan en una lucha mercantil sin tregua, como la venta de discos y libros piratas, loteros, gente entregando papelitos con propaganda de adivinas, palacios del colesterol llamados El Tragadero, El Embuchadero o El Meloneadero “todo a $500” y hasta la grotesca y nauseabunda chunchurria tiene un gran palco de honor. Y lo que una vez fue la zona más exclusiva de Medellín se convirtió en un paraíso para rebuscadores, atracadores, prostitutas y travestis. ¡Qué pesar!.
Juniniar, para los que tuvimos la dicha de experimentarlo, era una experiencia casi religiosa donde se conjugaban la inocencia y la malicia en un contubernio falaz, pues las imposiciones morales de la época no permitían la libre expresión sexual de la que hoy en día gozan las nuevas generaciones de “sardinos y sardinas” llenas de tatuajes y de piercings . Para nosotros el reto de la conquista empezaba en Junín, pues era allí el sitio de encuentro obligado de los jóvenes ávidos de acercamiento y cargados de hormonas. El teatro Lido, recién restaurado, era cómplice incondicional de encuentros furtivos entre chicos y chicas que se escapaban de los colegios, nunca mixtos, para encontrarse a ver a Sissy Emperatriz , a Pili y Mili y sus comedias rosa, a La Novicia Rebelde, Los Diez Mandamientos, El Bombero Atómico, Tuya en septiembre, Nunca en domingo o al Doctor Zhivago y salir luego a comer conos de ron con pasas a la heladería San Francisco o, si la mesada era buena, al Salón Versalles a comer sánduches de queso derretido, al Astor a comer “moritos” con jugo de mandarina o al Sayonara y su ensalada de frutas con helado. Era en estos lugares donde se formalizaban los noviazgos de las Santamaría con los Mora o de las Echavarría con los Lara, la élite de la sociedad medellinense.
Luego de una tarde de infantil acercamiento y de una ocasional “chupada de piña” en el teatro, era normal salir como dos tortolitos tomados de la mano recorriendo parsimoniosamente a Junín para regresar a los respectivos colegios e inventar las excusas-mentiras del porqué de la ausencia a las aulas escolares. Esa misma noche no faltaba el tío alcahueta que financiara la serenata, no con mariachi ni mucho menos con un conjunto vallenato, sino con un trío de guitarras como Los Romanceros cantando Chacha Linda o Bendición Celestial, el Trío América, Los Albinos o el trío Ensueño de Roger Jalil, el apuesto ecuatoriano-árabe por el cual se derretían las novias de uno. Los sitios de reunión de los músicos eran El Escorial, El Crillón o el Primero de Mayo, a la vuelta de Junín con La Playa frente al teatro Metro Avenida.
Al llegar a la ventana de la amada ella tímidamente encendía la luz después de la segunda canción para manifestar su aceptación y su presencia. Por supuesto que no faltaba el amigo borracho, que en voz alta pedía silencio para que no se despertara la novia, le indicaba al trío el orden de las canciones y luego se orinaba en la llanta del taxi. ¡Qué pena con la chica!. Al final de la serenata aparecían como por arte de magia sitios como el Bar Argentino, El Pakistán o Marta Pintuco, Cándida Rivillas, La Nena o alguna de las casas de lenocinio de Lovaina o El Fundungo y sus alrededores, todas con música en vivo y bombillito rojo en la puerta. Dentro de estos lupanares siempre había un gobelino con una escena de caza de un príncipe y su séquito, lo mismo que una araña gigante con un bombillo rojo intermitente debajo del arácnido. ¡Ah!..y ya en las horas de la madrugada no podía faltar la arepa con carne asada de El Ventiadero, el bisteck a caballo en El Cañaveral o los tamales de El Capitán López. !Ah bueno que pasábamos!... Y el que niegue que estas fueron unas deliciosas experiencias miente como una vil sirvienta cartagüeña.
Como quiera que sea, de la mística del “juninazo” sólo quedan fragmentos de imágenes de aquella era dorada de ilusiones y alborada de nuestros primeros amores, donde lo más importante era el respeto por la mujer y la delicadeza del hombre en su trato hacia ella. Era la maravillosa época de las poesías , donde todos los jóvenes escuchábamos al Indio Duarte o a Rodrigo Correa Palacio y nos sabíamos de memoria El Duelo del Mayoral , El Brindis del Bohemio o La Canción de la Vida Profunda , escuchábamos en la radio las voces de Mario Lanza, Ferruccio Tagliavini, Mario del Mónaco, Charles Aznavour o Edith Piaff , las orquestas de Mantovani, Frank Pourcel o Raymond Lefevre y también las canciones de Nat King Cole, Alfredo Sadel, Eddie Gormé y Los Panchos, Nicola di Bari y Gigliola Cinquetti. No era extraño que en nuestras tertulias juveniles comentáramos acerca de libros como La Metamorfosis de Franz Kafka, Los Miserables de Victor Hugo, La Guerra y la Paz de Fiódor Dostoievski y hasta Lolita de Vladimir Navokov. En fin, era un período de cultura general muy vasta el que nos tocó a todos los de esa privilegiada generación de adolescentes en la “veya biya” de esos años.
Fue también una época inocente y ”montañera”, donde el equivalente a Disneylandia era una tarde entera montando en las escaleras eléctricas del almacén Caravana (“El gigante de los precios enanos”) y en la cual florecieron las “heladerías” de la 70 como La Careta, El Coche Rojo, El Dino Rojo y sitios elegantes como el Fujiyama y El Fantasio y “grilles” más oscuritos como El Buho, La Ballena de Jonás o el grill La Montaña con sus “hermosas meseritas” para llevar a los “numeritos” de aquel entonces, hoy llamadas “prepago”, a “bailar amacizao el botecito”. Las chicas “bien” tenían una libreta de autógrafos con dedicatoria de todas las compañeritas de colegio y de sus amigos más cercanos (“Un autógrafo me pides, un autógrafo te doy, nunca cambies a tus padres por los jóvenes de hoy”, etc…), papelitos guardados entre los libros con acrósticos que el novio o un amigo “muy sabido” elaboraba con el nombre de ellas, álbumes con fotos y también “grazitos”. en blanco y negro con el borde recortado con tijera de pico y pegadas al álbum con esquineros Además fue el período romántico del pañuelo con el nombre del novio bordado con uno de los cabellos de la novia y de un respeto profundo hacia los mayores, que eran quienes mandaban.
A las chicas no les podía faltar el inseparable “neceser” Mesacé cuyo contenido era siempre el mismo: billetera Buxton, cepillo Fuller, botellita de plástico de Kleer Lac para retocarse “la toga”, un frasquito miniatura de Channel Nº 5, cigarrillos Parliament o Chesterfield y “candela” Ronson o Colibrí. Y por la noche, de 7 a 10, no faltaba la visita con “candelero”, el hermanito menor que siempre pedía plata para evaporarse por diez minutos o, en el peor de los casos, una suegra malencarada que fingía estar tejiendo algo pero que de vez en cuando manifestaba su rolliza presencia con una molesta tos protagónica. ¡Qué pereza!...
Las fiestas de quince años eran en la casa de la chica, con orquesta, meseros y llorada de la quinceañera pues el día anterior había peleado con el novio (el pobre no tenía plata para el regalo). Unos cuantos años después, cuando por fin se formalizaba la relación, los preparativos para la boda empezaban en Parisina donde se escogía la tela para las damitas de honor, después Saraflor donde se compraban los muebles, luego en Mora Hermanos para los electrodomésticos y, si la novia era “de modito”, se alquilaba el Club Unión y se contrataba a Lucho Bermúdez o a la Italian Jazz para que amenizara la fiesta. ¡Qué tiempos aquellos!.
Pero de aquel delicioso y respetuoso entorno hacia las mujeres y hacia los ancianos sólo nos quedan los recuerdos, a los que ya “borramos el primer fichero” y somos abuelos de los sardinos “emos”, “metrosexuales” o “gays”, a quienes no se les puede reprender y mucho menos disciplinar o “darle una pela” si roban en un almacén o despedazan el carro de un vecino, pues como la ley los protege pueden hacer lo que les venga en gana impunemente pero, eso sí, nos exigen a “los cuchos” que los mantengamos y les compremos tenis de $250.000 y que les demos dinero continuamente para “la rumba” o de lo contrario entablan una demanda “por intromisión en el desarrollo de la libre personalidad”, y nos pueden quitar la patria potestad y hasta nos pueden “encanar”. Parece una telenovela, pero es la realidad actual.
Aseguran que cuando uno dice que todo tiempo pasado fue mejor es porque ya está viejo. En ese caso abiertamente me declaro un fósil del Cretáceo Superior, puesto que el Junín que vivimos sí fue un millón de veces mejor que el de ahora y los jóvenes de la actualidad ni se imaginan lo que era ese Medellín , sano y pícaro, vivaz y rezandero, santo y pecador, todo al mismo tiempo. Pero todo evoluciona, y ese Junín romántico no pudo escapar a la metamorfosis comercial que lo transformó en una calle fría, sin alma y llena de desechos físicos y humanos, donde los únicos testigos que sobreviven son el Salón Versalles y el Astor, como dinosaurios que se resisten a morir ante el cataclismo tecnológico e informático que robotizó el pensamiento humano del siglo XXI alrededor del planeta y al cual no somos ajenos. Y si es verdad que recordar es vivir, ¡yo soy inmortal!...
“La casa de Resfa”
Por: Alejandro Garcia Gomez
Una mañana, ante el atraso menstrual, el sueño y los mareos disimulados, ella debió admitir que esperaba su primer hijo. Eran los días de la crisis gringo-soviética a causa de los misiles nucleares en la Cuba de Castro; nada importante para ella. Cuando se lo comunicó al hombre que había amado, vio su espalda antes de que desapareciera. Tomó las responsabilidades de madre de 16 años y empezó a criarlo.
Pasados 7, se enamoró de otro hombre. Para poder vivir con él, el poetica de 7 años fue a dar a la casa de su abuela Resfa.
Ella, que también se había embarazado joven y soltera de la melliza madre del poetica, lo tomó y con amor lo matriculó al muy estricto Colegio de los HH de La Salle de Campoamor de Medellín.
Para la sazón ya era propietaria del burdel más famoso junto con el de su amiga Marta Pintuco- de esta ciudad. Allí creció el poetica entre las vocales, las consonantes, la Gramática, la Aritmética, la misa y los rezos de lunes a viernes, y el fin de semana la atención a los clientes trasnochados que le solicitaban mandados de pollo asado, consomé o alkaseltseres con aspirinas.
Una noche después de los acostumbrados tragos con César Herrera el poeta del barrio Santa María de Itagüí, con Lucho el zapatero poeta, con Carlos Galindo el ingeniero, con Péncil y con algunos de mis amigos que salían y entraban de la tienda-cantina de Oliverio allá en le barrio Santa María de Itagüí, me propuse conocer La Casa de Resfa, que quedaba cercana a una de las vías urbanas entre Itagüí y Medellín. Era tanto lo que mis amigos hablaban de ella que allí fueron a parar mis huesos sin avisarles. A los minutos llegaron en gallada; habían tenido la misma idea pero a esa hora me hacían descansando en mi casa. A la carcajada con ellos siguió el abrazo y después la noche.
Una tarde llegó el poética, ya hombre, al taller de aprendices de poetas que regentaba X-504. Con César, La Mona, Everardo y René lo invitamos a continuar la habitual tertulia sentados en las cajas de cerveza vacía de la legumbrería del barrio Carlos E. Restrepo, aledaño a la Biblioteca Piloto de Medellín. Allí comenzamos a conocer su poesía. A veces mordaz. A veces tierna. Humana siempre. Profunda siempre. Profundamente humana. Pero como la misma vida que junta, separa, no lo volvimos a ver más.
Otra noche, en la excelente Fiesta del libro de Medellín de este 2008, me lo topé. Era el mismo Carlos Mario Garcés Toro pero más lleno, más ancho. Quizá otro. Estás muy, casi demasiado repuesto, Carlos Mario. Qué va, casi me muero, Alejandro. Estoy convaleciente de unas cirugías.
Y entre palabra y palabra fue sacando su libro con olor a tinta aún y su periódico El gaviero.
Yo hice lo propio.
Esa misma noche empecé a hojear La casa de Resfa, por encima, como hace uno con los libros recién adquiridos. No pude soltarlo esa noche.
Debí terminarlo para poder acostarme. Si no, sabía que no lograría dormirme.
Todo es un solo gran poema. Es una humanidad. Es el mundo donde el carácter fuerte de doña Resfa se pasea por las miradas de Tambar el conductor, de Elena la boquechupo, de Mónica la bella, de Janeth la loca, de Diana la del pubis rubio, de Fabiola la coja, de El Brujo, que las disfrutaba gratis a todas. Pero cada personaje con su propio mundo. Incluso el alma del gato, de los muebles y de las palmeras de la entrada de la casa son la mirada de Resfa a través de la mirada del poeta, su nieto, hoy profesor de un colegio de secundaria de Medellín. Por algún lazo oculto de mi memoría, su lectura me hizo recordar a En la parte alta abajo, del poeta del barrio Castilla, Helí Ramírez, un libro que ya tiene su sitial en la historia de la poesía de Medellín y de Colombia, donde seguramente van a trasladar también
La casa de Resfa. Se consigue en el 311-3937714 y en la librería Al pie de la letra (Medellín).
Tres poemas de Carlos Mario Garcés Toro
Dirección de la casa
La casa estaba ubicada al sur de Medellín,
en la calle 8a, número 52-41,
entrando por el antiguo callejón
frente a la fábrica de detergentes Inextra.
Se distinguía por el balcón de azulejos blancos y negros,
y las dos palmas que sobrepasaban por encima del tejado.
Por eso la casa en un tiempo se llamó Las Palmitas.
Sólo después vino a llamarse La casa de Resfa.
Al subir las amplias escaleras
nos encontrábamos con una espaciosa sala bien amoblada,
con dominio de los tonos cálidos y acogedores.
En los divanes conversaban las parejas
bajo alegres lámparas circulares,
en las paredes exóticos gobelinos,
y pinturas de mujeres entre pavos irreales.
Cruzando el pasillo se distribuían
la segunda y tercera salas,
que daban acceso a catorce estancias.
Si se giraba a la derecha,
se encontraban dos habitaciones suplementarias con delgados tabiques.
Por disimulados orificios
se podía mirar a los que dejaban luces encendidas.
Al gordo Juancho le vimos follar:
tenía un culo grande y peludo,
que mecía como una batea.
Le gustaba poner a sus queridas
en la posición de monje.
El atractivo balcón exhibía a las muchachas,
que esperaban como en un puerto, el puerto de la noche,
a ver quién atracaba con sus distintas luces.
En un costado el despacho de la administración,
donde se seleccionaba la música
y las chicas entraban contoneándose,
con sus labios de brandy,
a pedir una canción, o pagar la tarifa.
Por esas escaleras vimos subir desde famosos políticos,
deportistas,
empresarios,
humoristas,
hasta curas y señoras extraviados en la noche.
* * *
Mónica la bella
Tuve la fuerza de la belleza que poco a poco fueron limando
el bar y las horas de trabajo.
Por mi atractiva figura pude elegir con quiénes iba a la cama.
Pero Fabio fue mi único amor.
Lo mataron con otros la noche que robaban en el almacén eléctrico
de Carabobo con Juanambú.
Durante largo tiempo me pareció verlo que llegaba en la noche,
vestido con su pantalón blanco (que tanto me gustaba),
su barba bien afeitada,
y entraba a la sala donde las muchachas esperábamos.
Ahora que estoy vieja y sola
(hijos no tuve),
acostumbro entrar en la tienda de licores
que queda detrás de la iglesia de La Veracruz,
donde las coquetas intentan atraer a los transeúntes
con sus caderas pálidas y sus ojeras de caballo.
Dibujo frente al espejo con el lápiz la raya de mis cejas y salgo a la calle.
La misma calle Boyacá
donde ya nadie me recuerda.
Tres cuadras abajo
hace más de cuarenta años yo era la reina.
Los amigos con los que me gustaría hablar ya están muertos.
* * *
Alfonso
Tenía apenas quince años.
No había conocido hembra,
hasta la noche en que Sandra entró a mi cuarto.
Dicen que cuando una mujer quiere algo, obra
y no hay barranca, cielo raso o muro que la detenga.
Las mujeres siempre están hilvanando
con el hilo, con el ojo húmedo de su aguja.
Si la historia se mirara desde un lecho
se comprenderían mejor las grandes hazañas y derrotas.
Mi derrota fue haber amado a Sandra,
que me contagió la sífilis.
Por inexperiencia y vergüenza guardé silencio,
pudriéndome y quedando casi ciego y estéril.
Ultima Charla con Rivero
Óscar Domínguez G.
En principio, la conversación por radio entre Mario Rivero, quien acaba de morir en olor de poesía, fue para hablar de su revista Golpe de Dados, con su entrevistador y amigo, Bernardino (Bernardo) Hoyos. Al fin y al cabo, 35 años de una revista de poesía es noticia mundial.
Pronto la charla derivó hacia Marta Pintuco, las mellizas Arias, Ana Molina, y otras mujeres de vida horizontal que alborotaron el mundo del entretenimiento en el medellinense barrio Lovaina de hace varias décadas.
En ese croché, empezaron hablando del Rivero que escribía sobre pintores como Fernando Botero y Alejandro Obregón. Pero se conseguía más plata cargando el palio que haciendo autorizada crítica que ni siquiera agradecían los artistas, quienes en una mañana pintaban cuadros que después vendían en 20 millones de pesos. Pero de poesía y crítica literaria no vive el hombre.
De Obregón escribió que es el pintor más completo que ha dado el país. Y sobre Botero “hice el primer libro sobre él en el mundo. Es un análisis morfológico de su obra. Fernando lo tiene en gran estima”, comentó el hiperbólico poeta en la entrevista a través de la Emisora de la Tadeo (106.9 FM). Es más, tuvo algunos cuadros originales de su paisano pero los fue vendiendo.
Finalmente, el envigadeño Rivero – apellido tomado del cantante de tango Mario Rivero; su apellido original es Castaño- se dedicó a los poemas urbanos en su casa del viejo barrio de La Candelaria, donde durante 40 años alimentó canarios y lidió con una artritis “en el cuerpo, no en la cabeza. A la edad de uno es un milagro estar parado”.
Durante la charla, Hoyos creyó ver en alguna obra del pintor Botero un gato de loza, encaramado en una cama. No hubo acuerdo sobre lo fundamental: si el gato ronroneaba en la casa de Marta Pintuco (calle Lima contiguo al Ventiadero, según el lovainólogo mayor, el cantante Jaime Hernández), o en la de las mellizas Arias. El gato guarda celosamente los secretos… No en vano, dos de ellos viven con el Papa Benedicto XVI.
Rivero apostó por el gato en casa de las Arias. Hoyos alegaba que el felino habitaba la casa de Marta Pintuco, con quien una vez se encontró en el aeropuerto de Londres. “Bernardino, ¿tú qué haces aquí?”, fue la pregunta de Marta quien le contó que andaba en el matrimonio de su hija con un inglés.
En el programa radial, Rivero dijo que Marta y sus amigas de oficio eran una maravilla. “Era una mujer de una autenticidad…. Además, tenía las piernas más espléndidas que haya dado Antioquia”. Hoyos adhirió a la descripción sobre esta Marlene Dietrich paisa que amó con todas sus aurículas y ventrículos al alemán Herbert Geithner, propietario del viejo café Metropol, en Junín, donde convivían armoniosamente los juegos del ajedrez y el billar.
Rivero, con la nostalgia alborotada, abundó en detalles: “ Marta era una gran dama. A esas señoras las llamaban putas en Medellín pero eran unas señoronas”.
“Así es”, avaló Bernardino quien contó que el ex ministro Iván Duque es partidario de que alguien escriba la historia de ese viejo Medellín que se divertía en casas de bombillo rojo a la entrada. La mitad más uno del país paisa masculino dejó allí su virginidad.
Según el gigantesco Rivero, algo así como una tractomula llena de poesía, “esas mujeres querían a los hombres. Los respetaban. Si uno les caía bien, le daban el desayuno con huevo. Le decían: ‘¿Cuando vuelve, mijo?’. ¡Y no le cobraban!”.
Hoyos le adicionó picante de Santa Rosa a la historia: “Fuera de eso, Mario, si uno de pronto tenía acceso a aretes bonitos, traídos del exterior (o blusas), pues uno hacía sus regalos de aretes, que era una regalo todavía más noble”.
La charla cayó luego en lo “prosaico”: el homenaje que se le rendía a Rivero en el teatro del Gimnasio Modero por la audacia de mantener viva e inmodificable durante 35 años, una revista cultural que tiene esta exclusividad: la mayor parte de los integrantes de su Comité de Dirección, están rigurosamente muertos. Ahora también lo está su director-fundador. Paz sobre sus poemas
Fuente: (Del libro 13 entrevistas a 13 poemas colombianos y una conversación imaginaria, de Robinson Quintero Ochoa, Fundación Domingo Atrasado)
El
Platón de Madera
Un señor de edad fué a vivir con
su hijo, su nuera y un niñito de cuatro años de edad.
Las manos del viejo ya estaban temblorosas, su vista empañada de cansancio
y sus pasos vacilantes.
La familia comía reunida en la mesa. Pero, las manos temblorosas y la vista falla del abuelo lo traicionaban a la hora de comer. Los granos rodaban
de su plato y caían al suelo. Cuando tomaba el vaso, la leche era derramada
en el mantel de la mesa. El hijo y la nuera se irritaban sin control, por el “ desastre ”.
- “ Debemos hacer algo respecto a papá ", dijo el hijo. “ Ya
es demasiada leche derramada, ruido de gente comiendo con la boca abierta y
comida tirada por el suelo ”.
Entonces, ellos decidieron colocar una pequeña mesa en un rincón
de la cocina. Allí, el abuelo comía solito, mientras el resto
de la familia tomaba sus alimentos en la mesa, con satisfacción.
Desde que el viejo quebrára uno o dos platos, su comida ahora era servida
en un platón de madera.
Cuando la familia miraba hacia el abuelo sentado allí solito, a veces él
tenía lágrimas en sus ojos. Aún así, las únicas
palabras que le decían eran reprimiendas ásperas cuando él
dejaba un cubierto o comida caer al suelo.
El pequeño de 4 años de edad veía todo en silencio. Una
noche, antes de cenar, el papá percibió que el pequeño
estaba en el suelo, manejando pedazos de madera.
É l preguntó delicadamente al pequeño :
“ Que estás haciendo ? "
El niño respondió dulcemente:
- “ Ah, estoy haciendo un platón para tí y otro para mamá para
que coman, cuando yo sea grande."
El menor de cuatro años de edad sonrió y siguió con su
tarea. Aquellas palabras tuvieron un impacto tan grande en los papás
que ellos enmudecieron. Entonces lágrimas comenzaron a escurrir de sus
ojos.
Aún cuando nadie habló nada, ambos sabían lo que debían
hacer. Aquella noche el papá tomó al abuelo de las manos y gentilmente
le condujo a la mesa de la familia.
De ahí en adelante y hasta el final de sus días él comió todas
las comidas con la familia.
Y por alguna razón, el marido y su esposa no se molestaban mas cuando
un cubierto caía, o leche era derramada sobre el mantel de la mesa.
De una forma positiva, aprendí que no importa lo que pase, o que tan
ruin parezca el día de hoy, la vida continúa, y mañana
será mejor.
Aprendí que se puede conocer bien a una persona, por la forma como ella
afronta tres cosas :un día lluvioso, un equipaje perdido y las series
de luces de un árbol de navidad que se enredan.
Aprendí que, no importa el tipo de relación que tengas con tus
padres, sentirás la falta de ellos cuando partan.
Aprendí que “ saber ganarse " la vida no es la misma cosa
que “ saber vivir ".
Aprendí que la vida a veces nos dá una segunda oportunidad.
Aprendí que vivir, no es solo recibir, es también dar.
Aprendí que si buscas la felicidad, para tí... ella te elude.
Pero, si concentras tu atención en la familia, los amigos, y en las
necesidades de los otros, en el trabajo y procuras hacer lo mejor, la felicidad
misma va a tu encuentro.
Aprendí que siempre que decido algo con el corazón abierto...
generalmente acierto.
Aprendí que cuando siento dolor, no es preciso ser un dolor para otros.
Aprendí que diariamente necesito acercarme y tocar a alguien. Las personas
gustan del contacto humano, tomar una mano, recibir un abrazo afectuoso, o
simplemente una palmada amigable en la espalda.
Aprendí que diariamente necesito acercarme y tocar a alguien. Las personas
gustan del contacto humano, tomar una mano, recibir un abrazo afectuoso, o
simplemente una palmada amigable en la espalda.
Aprendí que aún tengo mucho que aprender...
Las personas se pueden olvidar lo que tú les dices, pueden olvidar lo
que tú hayas hecho, ...
Pero nunca olvidarán como tú las hiciste sentir.
*
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